10 de noviembre de 2002

Hoy son los judíos, mañana...
Mientras la propagandista del nazismo recibe elogioso trato en la prensa con la excusa de sus 100 años recién cumplidos y su obra como cineasta, de indudable calidad artística, intercede en una gratuita concesión de indulgencia por parte de la sociedad, la vida sigue dándonos sorpresas en estos 'tiempos posmodernos'. Tiempos en los que el interesado olvido histórico se convierte en virtud y se pone de moda el vivir ajenos al pasado, en un esplendoroso presente de fantasía en el cual borramos de la memoria y de la conciencia colectiva cualquier señal de recuerdo a los hechos que han forjado nuestra historia, el camino que hemos recorrido hasta llegar al actual estado de las cosas. Desde esta visión, noticias como la que llegaba esta semana de Alemania vienen a despertarnos abruptamente de esa peligrosa ensoñación de la desmemoria.

Ocurría en un acto público: en Berlín se volvía a rotular una calle como la de los Judíos, Judenstrasse, después de tener otro nombre desde 1938, cuando los nazis la rebautizaron. El discurso de un representante de la comunidad judía en la ciudad fue interrumpido por algún asistente cuando hablaba de la decisión de los nazis: «Muy bien que hicieron». Proclamas antisemitas, más o menos directas, empezaron a escucharse. «Fuera, judíos». Y al grito de «impíos», otros ciudadanos 'normales' -no eran cabezas rapadas- se sumaron al incidente. Eran pocos, quizá. Pero la pasividad de la mayoría otorga al hecho una lógica gravedad. El fantasma del racismo sigue vivo, y si la actitud de la mayoría de los ciudadanos crea un ambiente propicio a la impunidad de unos pocos, la extensión del problema será irreparable. El antisemitismo y los alentadores de pogromos de todo tipo no pueden tener como respuesta una indolente indiferencia.