11 de septiembre de 2002

11-S: Un año bajo el peligro
Los escombros de las Torres Gemelas están aún presentes en la conciencia de muchos occidentales. Los postulados políticos de la inevitable acción posterior en defensa de la justicia y en nombre de las más de tres mil víctimas han estado condicionados por las sensaciones consiguientes. El peligro acecha, y el mundo se ha transformado en una nube de desconfianzas, hostilidades y sombras sobre un futuro que pretendemos construir a base de espíritu bélico. La civilización estaba amenazada hace un año por el terrorismo. La tragedia fue lo nunca visto. Pero no es conveniente trazar el camino a seguir desde la política con el aliento del terror en el cogote. El gobierno de EEUU, en el que se debería poder confiar siempre, tiene que guiar su acción mediante la racionalidad y, como le corresponde, con la paz como objetivo.

Desgraciadamente, insistentes tambores de guerra vienen sonando desde el año pasado. Justo cuando el mundo árabe, entre la presión del extremismo y el instinto de supervivencia de los moderados, se encuentra en condiciones menos propicias para nada parecido a un 'choque de civilizaciones', en Occidente continúa imponiéndose una ola de prevención frente al mal que viene de Oriente. El antiamericanismo de los musulmanes se verá alimentado por la próxima escala bélica, Irak. Sadam Hussein es otra vez el malo de la película. Parece que el guión está muy claro para algunos desde hace tiempo. Lo incierto es el final: no sabemos si será feliz y aplaudiremos como buenos espectadores cuando el líder del 'mundo libre' obtenga la victoria. Tampoco sabemos si esa victoria no nos traerá quizá a continuación varias derrotas en cascada. Tres palabras me parecen claves para comprender las sensaciones sobre las que nos movemos desde el 11-S de 2001.

Vulnerabilidad. Estamos en riesgo permanente, y nos damos cuenta de golpe. Eso en EEUU era nuevo, puesto que la tranquilidad social había imperado en su territorio durante mucho tiempo. Ni siquiera algún atentado previo había perturbado la imagen de invulnerabilidad que trasmitía la hiperpotencia hasta el 11-S. Pero con unos pocos puntos concretos, muy simbólicos, sumidos en el horror, todo un país puede temer lo peor en su territorio. Esa inquietud busca respuestas, y el Estado moderno la encuentra en sus posibilidades de coacción. De un lado, la demanda de seguridad se puede satisfacer con un recorte de libertades. La justicia hay que imponerla sin mostrar signo alguno de fragilidad. Y de otro, la vulnerabilidad de la nación se contrarresta con la tentación del aislacionismo. El mundo ahí fuera es peligroso, y sólo protegiendo con extremado celo nuestro frágil equilibrio podremos sobrevivir.

Incertidumbre. El futuro es incierto, cómo no. El azar puede cambiar en un momento el rumbo de nuestras vidas. De qué seguridad se puede sentir uno orgulloso cuando pocas personas pueden atentar contra la vida de miles de nuestros compatriotas. Pero no es sólo azar: hay que atajar el mal en sí mismo. Únicamente con la sensación de que quienes son capaces de perpetrar acciones tan horrendas van a ser perseguidos con todo el peso de la ley, podemos dormir tranquilos. La ley y la justicia de un Estado democrático aplacan la incertidumbre. El control de los factores que nos desestabilizan parece imprescindible. Muchas veces se va con un rumbo tambaleante, pero hay que mantener la firmeza. Una fiscalización de la vida de los ciudadanos, un control al que siempre es complicado ponerle límites, es útil para combatir lo impredecible. El terrorismo como excusa, la seguridad nacional como objetivo, terminan suponiendo una vida menos libre.

Confianza. Tener fe en la gente, siempre se ha dicho que es bueno. Al mismo tiempo, un confiado es por definición un tonto. Un acto de barbarie produce la ruptura de la confianza, que es uno de los ingredientes de la civilización a la que aspira el hombre. Se desconfía de lo extraño: concretamente de lo que se ignora. Más adelante se pasa a generalizar la falta de ese fluido sobre el que se construye la convivencia. Un árabe puede ser peligroso. Hay que temer lo que digan en el extranjero. Sólo con mirarse demasiado el ombligo, recurriendo a la ración preceptiva de patriotismo, ya se está consagrando el reino de la desconfianza. A su vez ese puede ser el principio de una esperanza. Uno empieza a confiar de nuevo en sí mismo, la nación se recupera del orgullo herido y se empiezan a cruzar lazos de solidaridad con los otros. Pero hay que dar razones para que los demás se fíen de ti. La interrelación de todos con todos puede dar máximos frutos positivos si el clima es de confianza.

El mundo siempre tendrá ante sí un futuro lleno de incertidumbres. Pero hay que saber centrar nuestros esfuerzos para que lo llevemos por una senda mínimamente aceptable. Con pedir que sea de paz y justicia, ya estamos colmando en dos palabras todos los buenos deseos. La confianza, la seguridad en las capacidades que tenemos para manejar el azar conforme nuestros deseos, y la libertad como valor, no frágil sino tremendamente poderoso en sí mismo, que debemos defender, son los elementos indispensables que necesitamos para seguir adelante. Sobreponiéndonos, tanto a tragedias de la magnitud de la que hoy recordamos, como a tentaciones autoritarias que sacrifiquen en el altar de la seguridad, el temor ante el futuro y la sospecha permanente hacia lo desconocido, patrimonios tan preciados como la libertad y la convivencia pacífica. Porque, en ocasiones, da la sensación de que no los valoramos tanto como decimos.