28 de abril de 2002

Las culturas
La complejidad del reto que plantea la sociedad multicultural es notable, por cuanto éste se presenta como un cambio radical en unas sociedades, las europeas, donde el fenómeno de la inmigración ha enterrado para siempre una tradicional -e idílica, en la mente de muchos- uniformidad cultural y está provocando una transformación en la noción de ciudadanía que, en el contexto de la mundialización, se debate entre una vuelta a un nacionalismo esencialista y la creación de una identidad de «ciudadano global», el antídoto perfecto a cualquier deriva anti-inmigración. Pero ¿qué está haciendo la política para afrontar este fenómeno? Poco, desde luego, si atendemos a los resultados del Frente Nacional en una Francia que parece sentirse agredida por todo lo que le llega del exterior, empezando por los inmigrantes.

Cuando los ciudadanos ven a unos líderes políticos incapaces de articular un discurso sólido sobre los nuevos cambios sociales, caudillos como Le Pen ganan protagonismo: hablan de los problemas -la inseguridad ciudadana provocada por la marginalidad, vinculada a la creciente inmigración-, dicen lo que todos piensan -«la culpa es de los extranjeros»- y ofrecen la solución que quieren oír -«aquí hay que poner orden». Es absolutamente imprescindible construir, frente a la opción xenófoba que puede atraer a cada vez más europeos, una política integral en materia de inmigración que asegure la convivencia intercultural y evite dificultades insalvables en la integración. Hay que alejarse de la política de las palabras para solucionar los problemas sobre el terreno, lejos tanto de utopías ingenuas como de peligrosos prejuicios.

Afrontando el reto de alcanzar en la práctica, y no sobre castillos en el aire, una sociedad multicultural bien integrada con una base democrática común irrenunciable, se contribuye a desactivar la demagogia que suele aparecer cuando estos temas centran la atención de la opinión pública. Aunque tampoco hay que obviar la base teórica de cada postulado político. Gustavo Bueno expone en «Etnocentrismo cultural, relativismo cultural y pluralismo cultural» las tres orientaciones filosóficas que podemos diferenciar: desde el «existe una cultura superior a las demás» (monismo) hasta el «todas las culturas son iguales, y además diferentes e inconmensurables» (relativismo), recalando al final en el pluralismo, que al postular la convivencia entre culturas y no la diferencia segregacionista del relativismo, bien podría ser abanderado tanto por corrientes liberales como de la izquierda.

Pero hete aquí que en la certera disección que de cada término del debate hace Bueno, se nos presenta el etnocentrismo y el relativismo cultural como difícilmente defendibles, y respecto al pluralismo se recuerdan oportunamente los problemas para llevarlo a la práctica sin frustrar la pacífica armonía que se postula. La salida a esta disyuntiva se encontraría, como demuestra el filósofo, en el «mito de las esferas culturales»: las 'culturas' son construcciones ideológicas y en la realidad lo que existen son fenómenos (elementos, rasgos) culturales, y no culturas sustantivas. Creo que deberíamos así desechar concepciones esencialistas de la 'cultura', en las cuáles ésta trasciende incluso a las personas, y analizar la fenomenología cultural con vistas a alcanzar desde el pluralismo una universalidad en los valores básicos de la única cultura que realmente importa: la humana.

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