9 de abril de 2002

La vieja Europa
En Oriente Próximo se vive una situación límite. Mientras, la Europa que creíamos potencia mundial de acreditada influencia tiende «al repliegue y a lamerse sus heridas de impotencia», como reconoce algún representante del demencial mosaico comunitario en política exterior. Vamos, lo habitual. Llegará el día en que se superen estas lamentables indecisiones e indefiniciones en el desarrollo del papel europeo de defensores de la estabilidad y la paz en el planeta, pero hoy parece que ese momento aún no ha llegado. Los más europeístas deberíamos taparnos los ojos y los oídos durante un tiempo: es un buen consejo.

Entre el seguidismo matizado respecto a las posiciones estadounidenses como salida digna a la encrucijada y el ninguneo de Sharon, la Unión Europea bien podría mostrar un poco más de voluntad política: si su función se reduce a ejercer presiones sobre EEUU, al menos que lo haga de manera efectiva. Hay que cortar el círculo vicioso por algún lado y Europa debe participar en la resolución del conflicto aportando una visión más imparcial que la americana, pero antes hay que hacer posible la mesa de negociación: la estrategia criminal de Sharon no puede durar ni un día más. Si los ciudadanos europeos quieren una Unión que cumpla su papel en el mundo, ¿qué esperan los dirigentes para llevarlo a la práctica?