15 de abril de 2002

Golpe, contragolpe y justificaciones
Lo ocurrido en Venezuela en apenas 48 horas es cuanto menos inaudito. Es derrocado el presidente Hugo Chávez por lo que se dio en llamar un «pronunciamiento cívico-militar» y sustituido por un mandatario de la patronal que se arroga un poder absoluto, como el ostentado previamente por el esperpéntico líder populista, para poder desmantelar el régimen chavista sin legitimidad democrática alguna. A continuación, el dividido ejército vuelve a entrar en acción, como parece ser tristemente habitual en este país como en muchos otros, para aupar de nuevo a los partidarios de Chávez en un contragolpe que pilla por sorpresa a todos.

Este episodio tiene toda la pinta de convertirse en el paradigma de un nuevo estilo de golpes de Estado, en los que la participación de la «sociedad civil» mediante rebeliones supuestamente democráticas, el papel amable de los militares y la comprensión de algunos países legitiman el cambio en el poder. Desde luego la satisfacción de muchos era indisimulada tras el golpe del viernes, y la aquiescencia de EEUU parecía plena: ver al molesto dirigente fuera del gobierno del segundo país proveedor de petróleo suponía un alivio para Bush. Poco importaba cuál fuera la legalidad vigente atendiendo a las numerosas justificaciones escuchadas tras la quiebra del sistema político en Venezuela.

La legitimidad constitucional, ahora restituida, está en el presidente elegido por el pueblo y en nadie más. La interrupción por la fuerza del sistema democrático, con tantos precedentes en América Latina, es siempre condenable. Y no se justifica por la existencia de «golpes justos» en función de que algunos consideren, con enorme desprecio por el Estado de Derecho, si hay democracia o no en un determinado país. Todo ello a pesar de encontrarnos ante un individuo que pocas simpatías debe despertar. Chávez es un iluminado bastante impresentable que pretende hacer pasar por «revolución bolivariana» una restricción de las libertades con el arma del populismo. Pero, para bien y para mal, así es la democracia: ante todo se deben respetar las reglas del juego.