27 de enero de 2002

Los dictados de la caverna
Ese debe ser el gran sueño de todo fundamentalista, tener la potestad de hacer ley la moral propia. Por eso mismo, la noticia que atrajo la atención de los medios hace unas semanas debió causar profundo regocijo a nuestros talibanes: un científico español plantea marcharse a otro país para poder continuar con sus investigaciones, al impedirle el Gobierno el uso con fines terapéuticos de células madre embrionarias. Bernat Soria se ha librado de la hoguera, pero va a engrosar tristemente la lista de investigadores que no encuentran en este país el incentivo suficiente a su actividad. Y él, además, con el añadido de haber padecido vergonzantes trabas a su trabajo. En un interesante artículo explicaba con bastante claridad el objeto de tanta controversia.

No por sabido resulta menos indignante: que la Conferencia Episcopal ejerza influencia hasta tal punto en los avances científicos nos sigue recordando que la sociedad debe seguir su evolución hacia una mayor independencia de las confesiones metafísicas. Es comprensible que los jerarcas de la cerrazón religiosa prefieran una sociedad que secunde fielmente sus recomendaciones, pero no que las autoridades políticas nos muestren la patita desde la caverna, siguiendo a pies juntillas a los obispos, y pretendan que aplaudamos la torpeza y la ignominia de una decisión tan reaccionaria como esta y tantas otras. Conseguirán su cometido, frenar la marcha de la razón, pero no que ésta se detenga.

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