24 de septiembre de 2001

De palomas, halcones y otras especies
Sentado en uno de esos típicos bancos de hierro forjado, contemplé este fin de semana durante más de una hora el apacible espectáculo de la vida en un pequeño pueblo pesquero andaluz. En la plaza, única por cierto, que sirve de centro neurálgico de la población, están la iglesia, los principales comercios y el bar, abierto desde el desayuno hasta más allá de la medianoche. En septiembre el turismo ha abandonado temporalmente estas latitudes, y casi podría decirse que la presencia de numerosas palomas en la plaza ha arrebatado el protagonismo a los humanos que por aquel espacio público paseábamos. De la misma manera que las gaviotas traman su venganza durante el verano para adueñarse de las playas cuando éste acaba y se quedan vacías de bañistas, las palomas aprovechan todos los recovecos de esta plazuela para extender su dominio.

Pocos acontecimientos podrían alterar este orden pausado de inicio de la temporada otoñal. Únicamente unos negros nubarrones en el horizonte son capaces de despertar la inquietud en este rincón del mundo. Un oscuro pronóstico del día anterior no nos hizo replantear nuestros planes para esa mañana, aunque la ya palpable realidad nos obligaría a buscar un restaurante para refugiarnos y almorzar, pues la hora de la comida se acercaba con tanta velocidad como aquellas nubes. En la plaza, el amanecer soleado estaba tornando hacia una tarde de lluvia cerrada. Las palomas verían en pocos instantes como la naturaleza con una irresistible tormenta rompería su tranquila existencia. Me imagino a estas aves asimilando la percepción sensorial de esos grises augurios en forma de nube como una amenaza. Las palomas posiblemente entienden ese aviso y el posterior temporal como un ataque en toda regla a su esencia. Pensarán, con toda razón, que otras aves se benefician más de los designios del Dios de la lluvia. Yo pensé, intentando ponerme en su lugar, en los halcones. Pero no me hagan mucho caso, no soy experto en ornitología.