2 de agosto de 2016

15 años de blog


— Los blogs han muerto.

— Esa es una predicción de hace 10 años, y aún hoy siguen naciendo blogs.

— Ahora cuando la gente tiene algo que contar acude a las redes sociales.

— La libertad para comunicar y expresarse sin limitaciones no es la misma en redes sujetas a unas condiciones generales. Facebook o Twitter no son eternos; un blog, si quieres, sí.

— Pero los blogueros que tienen éxito están vendidos a las marcas.

— El lector de blogs tiene que ser maduro para separar el grano de la paja. La escritura en la red permite descubrir verdaderos especialistas en lo suyo, y también da pie a mucho charlatán. La arquitectura de internet no sería la misma sin los blogs.

— Es una guerra perdida pretender que la gente lea blogs, mientras están pendientes de los memes y de la última aplicación que se ha puesto de moda.

— Los blogs realmente nunca tuvieron como objetivo ser un medio de masas. Dar voz a todo aquel que tenga algo para contar, al contrario, fomenta las microaudiencias. Como ocurre también en las redes sociales. Los blogs son una herramienta que complementa los contenidos que se publican y que permite enriquecer la mirada sobre la realidad de las cosas con una verdadera pluralidad de voces. La red es contraste; cada vez que cae en la uniformidad se vuelve tremendamente aburrida.

— ¿Y qué sentido tiene mantener un blog en 2016?

— El mismo que intentar tener una presencia en las redes sociales. La diferencia es que las reglas las pones tú. No siempre se tiene algo interesante que contar, y esto se debería notar en el tiempo que pasa entre una anotación y otra. Pero no es un drama: la constancia es costosa y nadie obliga a tener un blog. La clave es escribir cuando puedas aportar algo valioso, bien al lector o a uno mismo.

— A saber dentro de 15 años si la gente seguirá leyendo cosas escritas en blogs.

— Difícil saberlo. Como difícil era imaginar en 2001 que a día de hoy seguiría actualizando este "cuaderno de bitácora", en la terminología que se popularizó entonces entre los blogueros de habla hispana. Y que sean otros 15 años más.

31 de diciembre de 2015

Año consensuado


Durante un año electoral se remarcan las diferencias, se definen las ideas y se coloca el mensaje propio con la intensidad que requiere una competición en las urnas entre distintos partidos políticos. Tras las urnas, por contra, suele haber un periodo de aguas calmas. Los partidos tienen habitualmente la necesidad de llegar a pactos para gobernar. La competencia que anima el marketing tiene que convivir con la colaboración de los contendientes políticos para administrar consensos. Es la política del acuerdo, muy poco comercial en términos mercadotécnicos porque el público prefiere la lucha. La fraternidad, el entendimiento, el acuerdo también necesitan su sitio. La conformidad, la armonía, la avenencia y la unidad están ahí. Es necesario a veces alcanzar la unanimidad, el consenso, la cordialidad tras la batalla. El concierto, el convenio y el pacto forman parte de la política. Las personas forman relaciones donde es posible la amistad, la simpatía, la concordancia y la coincidencia.

La solidaridad es un ingrediente fundamental de la política. Se consigue con compañerismo, familiaridad, confianza y camaradería. El pueblo demanda con frecuencia que las cuestiones importantes generen una amplia adhesión y respaldo. Que haya reciprocidad, inteligencia, conciliación y comprensión en los actores políticos. La indulgencia y la tolerancia son fundamentales. Y el talante. Para alcanzar acuerdos, convenios, tratados, concordatos y arreglos. La negociación y la creación de ententes son imprescindibles. Los años electorales nos hacen olvidar estas palabras y, también, la utilidad de los diccionarios de sinónimos, pero principalmente la confrontación política nos oculta a veces que, cuando sea necesario para el bien común, la política tiene que fundamentarse en acuerdos, consensos y pactos.

30 de noviembre de 2015

El cambio

Fotograma de "Mi querida España" (Mercedes Moncada, 2015)

La cercanía de las elecciones revive el debate sobre el rumbo de España. Durante la Transición se construyó un relato sobre la capacidad de una nueva generación de españoles para entenderse y dejar atrás etapas de división insalvable. La concordia fue el bálsamo que permitió que el país entrara en una época de modernización notable. El desarrollo democrático de España avanzó a pasos agigantados hasta converger con otros países europeos que no vivieron cuarenta años de dictadura y que, por tanto, dispusieron de más tiempo para recorrer el mismo camino. La consolidación del relato de la Constitución de 1978 ha hecho que, como prueba de que la generación que protagonizó aquella etapa está dejando paso a los que crecieron y vivieron en la España democrática, aparezca una crítica a la denominada Cultura de la Transición que, en el altar del pacto entre españoles, ha sacrificado la calidad democrática del sistema. ¿La crítica presupone que el país, para avanzar, debe pasar por una segunda transición? Reforma o ruptura es un debate antiguo que nunca dejó de estar vigente. El sistema de partidos, la monarquía, la prensa o la banca son los pilares sobre los que se proyectan tanto la defensa como la demolición de un determinado status quo. Proceso constituyente y reforma son palabras habituales en los últimos tiempos. También podría serlo gradualismo.

Es gradual la evolución que ha vivido la sociedad española desde que dejó atrás la mordaza del autoritarismo hasta que ha sabido incorporar a su ADN la cultura democrática. Un retrato muy singular de este cambio de las últimas décadas queda reflejado en las entrevistas de Jesús Quintero que sirven para tejer el documental "Mi querida España". La obra de la realizadora Mercedes Moncada se compone de testimonios de personajes de lo más variopinto, los cuales muestran el cambio y también la permanencia en la sociedad de elementos enraizados que casi son síntomas de una enfermedad crónica. Vemos en entrevistas de 1988 el abuso de los bancos, la dudosa aconfesionalidad de las instituciones del Estado o la intolerancia hacia el diferente. El cura Diamantino García rememora en una entrevista de hace 25 años cómo los católicos capataces, de orden de los no menos católicos señoritos, trataban a los jornaleros del campo. Injusticias de décadas que no se esfuman de un día a otro. Y en entrevistas de los años 80 se comprueba la pervivencia de creencias de todo pelaje: en las apariciones marianas, en los fenómenos paranormales, en las sectas y su sobrenatural negocio.

Las entrevistas de Quintero a presos crearon un nuevo género narrativo. El micrófono capta un testimonio que nos resulta imposible de digerir en la actualidad. La justificación de la violencia en las palabras de un asesino de una mujer, que encontraba perfectamente explicable haberla matado. Un razonamiento que nos sumerge en un túnel del tiempo en el que una cultura machista incuestionada durante siglos ha estado imponiendo su autoridad sobre la mitad de la población. Y hay testimonios en las entrevistas de Quintero que podrían ser replicados fácilmente por otras personas en casi cualquier época, como el de Gunilla Von Bismarck cuando dice que España es un país que va muy bien. "Pero hay gente que no tiene dinero", le cuestiona Quintero. "¿Y qué hacemos?". Pues soltar un poquito, es la sugerencia del entrevistador. Pero la aristócrata lo tiene claro: no sirve de nada, porque la gente se lo gasta en los bares. "Y trabajo hay para el que quiere". Un retrato de "Mi querida España" que no caduca. Hay frases que siguen sonando igual pasados los años. Y todo sirve para darnos una idea de que, amén de cambios muy sustanciales que hicieron que a este país no lo conozca "ni la madre que lo parió", esta sociedad sigue falta de un viraje que, en pocas palabras, deje atrás la superchería y abrace el conocimiento. Un cambio de fondo que indica un camino largo pero imprescindible para que, alguna vez, el país despegue.

31 de octubre de 2015

El marketing de las ideas

Foto: Flickr / Joseba Zubialde (cc)

Los partidos políticos ponen la caldera a todo gas en sus departamentos de marketing y comunicación cuando se acercan las elecciones. Se trata de poner a punto el proyecto y el candidato para el mercado electoral. Pero, cuando no hay urnas cercanas en el tiempo, los partidos relajan esta estrategia. Es algo lógico, no se puede negar. Sin embargo, puede ser comparado con productores de alimentos que renunciaran al marketing y solo trataran de vender su producto cuando el consumidor está ya en el supermercado. Los ciudadanos tienen una opinión no muy positiva de las herramientas de la mercadotecnia en la política: se considera que contribuyen a la superficialidad de las batallas electorales. Pero no hay vuelta atrás. La profesionalización del staff de los partidos, los medios de masas y la pérdida de fidelidad en los votantes hacen imprescindible al marketing político. Es una herramienta que puede ser mejor o peor empleada. Y no por ello ha de ser un chivo expiatorio de los males de la política actual.

Dicen los expertos que las presidenciales de EEUU son el modelo que más ha influido en otros países, que han adaptado a sus circunstancias unas técnicas y métodos usados por primera vez en la batalla de la Casa Blanca. Fue en la campaña de 1960 cuando los debates televisados adquirieron un papel relevante en la creación de imagen del candidato. En aquella ocasión Kennedy salió del primer "cara a cara" muy reforzado por los errores del republicano Nixon ante las cámaras. La publicidad electoral marcó un hito con la emisión en 1964 del conocido como "Daisy Spot", que alarmaba con el riesgo de una guerra nuclear y encendió una campaña del miedo contra el adversario republicano del demócrata Lyndon B. Johnson. La política en los medios de masas, y más recientemente en las redes, ha proporcionado armas muy poderosas para sostener campañas que consigan colocar los mensajes claves en los votantes. Los partidos que compiten por el liderazgo, ya sean dos, tres o cuatro, son cada vez más conscientes de que se juegan el puesto final en la capacidad de comunicación del candidato.

Cuando intentamos definir en qué consiste la "nueva política" salen conceptos como la aparición de nuevos partidos y de una nueva agenda política. Pero, en relación al marketing, da la sensación de que las innovaciones se encaminan a librar una batalla más competida en las urnas, y que en raras ocasiones apuestan por un enfoque integral que sería realmente nuevo. Porque los partidos no suelen partir del enfoque de que la "venta" de sus ideas debe producirse durante los cuatro años que median entre elecciones. Una estrategia eficaz sería tratar de perfilar no únicamente una oferta electoral sino un modelo de sociedad, que "fidelice" al votante. El marketing político debe aspirar, qué menos, a conseguir el compromiso del ciudadano con el "producto". Las ideas, a veces, no son atractivas; es más "fácil" montar una campaña electoral con un eslogan, un spot viral y un candidato carismático.

Es un lugar común que el marketing conduce a la simplificación de los mensajes, la deshumanización de los proyectos y la artificialidad en los candidatos. Y esto es cierto a pesar incluso de la tendencia más reciente a valorar la "nueva política" que ha introducido una agenda diferente alrededor de la transparencia, la cercanía con los ciudadanos y la lucha contra la corrupción. Pero también es innegable que la cercanía, por ejemplo, se ha subordinado a la creación de maquinarias electorales con el objetivo único de la competencia en las urnas. El marketing político tiene mucho más que decir, también, si se recurre a él para atender al interés cotidiano de los ciudadanos más allá de la refriega partidista, para realizar una escucha honesta de las preocupaciones y los problemas sociales, y para sembrar ideas que induzcan cambios en el modelo de sociedad hacia lo que demandan los ciudadanos. La batalla real nunca se desarrolla en el corto plazo de una campaña electoral, sino en el largo camino de, al menos, una generación.

31 de marzo de 2015

Los sentidos


La celebración de la Semana Santa puede ser motivo para debatir sobre el arraigo de la religión en nuestra cultura y el papel de las creencias en una sociedad laica. Pero muchos de quienes se adentran en esa discusión no tienen en cuenta que, al menos en Andalucía, la fiesta es un fenómeno cultural y social que no tiene una correspondencia exacta con la religión. La Semana Santa andaluza es lo que se llama religiosidad popular, es fruto de un desarrollo identitario que pone la celebración de procesiones como excusa para vivir la ciudad o el pueblo en la calle durante el inicio de la primavera. La devoción es un núcleo esencial de la fiesta. Sin embargo, tanto creyentes como no creyentes forman parte de los sectores sociales que respaldan el disfrute de una festividad que hace propia una mayoría que se identifica con la forma de expresarse como colectivo representada por las hermandades y cofradías. Es la fiesta de los sentidos y así es ofrecida a los visitantes. Es la fiesta de la memoria, al menos como la viven muchos andaluces que reviven, año tras año, los rituales que marcaron su identidad desde la infancia.

Un andaluz universal fue el autor de los versos que más afinadamente reflejan el contraste entre el tambor y el silencio, el fervor y el recogimiento, en unas mismas calles. Vivido por personas con diferentes formas de ser, diferentes formas de creer, que ponen el alma en recrear un momento vivido y gozado durante años con los mismos ingredientes que empaparán los sentidos: música, gestos, aromas, movimientos, colores que recogen la luz o la oscuridad del momento del día. El momento de la luna llena sobre la ciudad que recrea Cernuda le lleva a su infancia, la que recuerda desde su exilio mexicano, tantos años después de dejar Sevilla. En la memoria de esta fiesta, vivida con pasión y no solo con devoción, residen las imágenes de etapas pasadas de la vida y del aprendizaje de los sentidos. La belleza idealizada de los sentimientos que se representan es fruto de ese recuerdo macerado con el tiempo: la entrega, el amor, el duelo. Y la representación efímera une a las personas a unas calles, a un barrio, que forman parte de su identidad. La memoria y los sentidos que se fusionan en una vivencia que se repite año tras año. Con la primera luna llena de la primavera.